Uno de los primero “temas” que descubrí de mi misma es lo desconectada que estaba de mis propias necesidades. No es que las reprimiese, es que ni si quiera sabía cuáles eran.

Vivía en un modo “reactivo” a lo que el entorno pidiese o esperase de mí e incluso había convertido las necesidades del entorno en las mías propias. Los objetivos de mi empresa los asumían como si fuesen objetivos personales míos, llenaba el tiempo libre con actividades que en realidad interesaban más a mi pareja que a mí y prácticamente no tenía amigos propios, casi sólo socializaba con el grupo de amigos de mi pareja.

A esto se le suele llamar fusión y es cuando nos confundimos tanto con el otro (o lo otro en el caso del trabajo) que nos cuesta diferenciar lo que es de uno mismo de lo que es del otro. Por ejemplo, yo pensaba que me interesaba muchísimo la política y con el tiempo descubrí que en realidad me aburría. Como consecuencia de esa fusión yo me había olvidado completamente de mi misma. Cuando alguien me preguntaba “qué te apetece hacer”, mi respuesta estándar era “no sé”. Era tremendamente frustrante porque por mucho esfuerzo que hiciese, ¡no se me ocurría nada!

Fue entonces cuando descubrí el verdadero significado de ese dicho popular: haz lo que te pida el cuerpo. Aprendí que a veces, aunque yo no fuese consciente lo que quería, en el fondo de mi misma estaba la respuesta y prestarle atención a las señales de mi cuerpo podría ayudar a encontrarla.

Empecé con este ejercicio muy sencillo:

  1. Cuando alguien te propone hacer algo, no respondas inmediatamente. Dile que lo pensarás y le darás una respuesta.
  2. Cierra los ojos y párate un minuto a pensar en la propuesta, “respirala”. Piensa en la propuesta que te han hecho y piensa en qué alternativas tienes. Si por ejemplo te han propuesto salir a comer a un restaurante el sábado, algunas posibles alternativas serían: a) Ir; b) No  ir; c) Proponer otro plan, por ejemplo, quedar para tomar un café.
  3. Imagínate las diferentes alternativas ante ti y presta atención a cuál es el impulso de tu cuerpo. ¿Sientes el impulso de salir corriendo ilusionada hacia alguna de las alternativas? ¿Sientes alguna sensación diferente en el cuerpo cuando piensas cada una de las diferentes opciones? O sientes, “bueno, total, no me parece mal plan”.
  4. Acepta tu auténtica necesidad. Si lo que realmente te apetece es hacer otra cosa, di que no, tienes derecho a hacerlo. Además, como sólo tú puedes saber lo que realmente deseas, nadie más que tú puede garantizar que ese deseo se respete por tu parte. Los demás no lo pueden hacer por ti ni tu por ellos.
  5. Toma una decisión consciente. Si sientes que no te apetece pero que es muy importante para la otra persona hacerlo, puedes decir que sí, pero anotando mentalmente para ti mismo que lo estás haciendo por la otra persona, no por ti misma. Sólo así podrás ir aprendiendo a respetar tus propias necesidades tanto como respetas las de los demás.
  6. Comunica desde ti. Hay personas a las que nos cuesta mucho decir que no pero he descubierto que si lo haces desde ti, explicándole al otro el por qué, casi siempre contarás con su comprensión y apoyo.

Esto es como cualquier cosa nueva que aprendes a hacer. Al principio tienes que prestarle mucha atención, ir paso a paso y practicar hasta que de pronto descubres que ya ni si quiera piensas al hacerlo, que lo haces de forma automática.

Y así fue como poco a poco empecé a llevar una vida más consciente. Claro que a veces tengo “recaídas” y de repente me doy cuenta de que he vuelto a la vorágine sin darme ese espacio para conectar antes de actuar. La buena noticia es que me pasa cada vez menos y ahora cuando me doy cuenta me paro, respiro, siento el impulso y escucho lo que me pide el cuerpo.