Hoy mi madre ha acabado su última sesión de quimioterapia, seis meses de tratamiento. Al saber que ya se acabó he sentido un enorme alivio y ganas de llorar.

Es curioso, estos 8 meses que dura la «historia» he estado tranquila en todo momento, confiada de que todo iría bien. Y sin embargo ahora que sé que lo más duro ya pasó es cuando me brotan las emociones.

No es la primera vez que me pasa esto y sin embargo no era consciente de que me estaba pasando. Lo que yo llamo «mi parálisis emocional» ha surgido ya varias veces en los momentos más difíciles de mi vida y puede durar meses o incluso años, hasta que «lo peor» haya pasado. Es un mecanismo de defensa, como si me recubriera de una capa de un material duro y resistente que me hace capaz de sobrellevar todo lo que me pasa amortiguando el dolor y el miedo, como si sólo así fuese posible soportarlo.

Y luego, como por arte de magia hay algo que pulveriza el escudo y de pronto brotan todas las emociones haciéndome descubrir la verdad de lo que me estaba pasando. El miedo a perder a mi madre, la mujer más importante de mi vida. Ella me dio la vida y ahora embarazada soy más consciente que nunca de lo que eso significa. Me llevó en su vientre 9 meses y con su cuerpo creó cada célula del mío. Me nutrió con oxígeno, sangre, vitaminas, minerales… y gracias a todo eso creó el milagro de mi vida. Y durante los 37 años siguientes ha seguido haciendo lo mismo, aunque naturalmente de maneras diferentes. Aunque ahora sea adulta sigo sintiendo la enorme seguridad que me proporciona mi madre. Es mi paracaídas, mi red de seguridad. Sé que pase lo que pase, ella siempre estará ahí para protegerme.

Además mi madre (como seguramente pensamos todos), no es una madre cualquiera. Es una superwoman, mi héroe, una mujer que ha sido capaz de sobreponerse y plantarle cara a la vida, pasase lo que pasase, y tirar adelante. Entre todos sus méritos, uno que para mi destaca es que tuvo la valentía de hacer terapia y un trabajo personal cuando ya tenía una cierta edad para seguir creciendo y mejorando las relaciones con los suyos.  Nunca me lo ha dicho pero estoy convencida de que ese trabajo por su parte ha sido esencial para saber «soltar» a sus hijos cuando hemos sido adultos, dejarnos libres y saber aceptar que no somos suyos, que pertenecemos a la vida y, a la vez, seguir estando allí como red de seguridad para cuando la necesitamos.

Tal vez de ahí mi «parálisis emocional», tal vez por eso se me hace inconcebible que mi madre pueda sucumbir ante una enfermedad, que pueda dejar de existir algún día… Es algo demasiado grande para mí, algo que soy incapaz de sostener.

Sin embargo, si esta enfermedad me ha enseñado algo es precisamente eso: que mi madre es humana y vulnerable como el resto de los mortales y que necesita a los demás tanto como nosotros a ella.

Te quiero mamá. Felicidades, acabas de pasar «otra pantalla» en el juego de la vida.

 

Autor fotografía: Roberto Corralo, utilizada bajo licencia Creative Commons.